Rincón Literario
Shmil y la política internacional (Fragmento)
Alberto Dines
Mi relato comienza un día de 1937. Yo estaba en la puerta de casa, recién llegado de la escuela masticando mi sándwich de pan con queso. "Don" Shmil venía en su ronda habitual, anunciando su mercadería con aquella voz sufrida, que alguien usaría para llorar un dolor.
De pronto, pero tan de pronto que no tuve tiempo de tragar el último bocado, saltaron de detrás de unos muros unos diez muchachos y rodearon al viejo. Estaban todos uniformados militarmente de verde y enseguida percibí que se trataba del grupo de la juventud nacionalista que se había formado en mi calle.
A los gritos de "gringo sucio", "mátalo", golpéalo", el batalloncito de las mejores familias del barrio se echó sobre el viejo dándole una tremenda paliza. Enseguida sonó un silbato y antes de que algún transeúnte pudiese acudir, esos pequeños fascistas se alejaron en una huida disciplinada. Me quedé tan perplejo que tragué las lágrimas junto con la merienda y hasta el día de hoy recuerdo ese amargo pedazo de pan. Cuando llegué hasta el viejo estaba rodeado ya por un grupo de personas que limpiaban su sangre y lo consolaban.
Don Shmil lloraba como una criatura. Al mismo tiempo, intentaba arreglar con dedos nerviosos y trémulos los paraguas que los pequeñas terroristas habían reventado. Sacudió la cabeza como recriminando a alguien, pero cuando finalmente pudo hablar, dijo apenas:
-¡Ay...! Yo no debí haber salido hoy de casa.
Punto y aparte.
El relato continúa algunos años más tarde, en el mismo barrio. Corría el año 1942 y hasta puedo precisar la fecha -5 de agosto- porque aquel día Brasil entró en guerra con Alemania e Italia. Venía yo del secundario, colgado valientemente del estribo del tranvía, recibiendo aquel viento agradable en el rostro, que me hacía sentir el piloto de un avión en pleno combate. De pronto veo en la parada de tranvías una aglomeración de gente moviéndose a los gritos. Parecía una pelea. Y como yo no sabía que en materia de pelea lo mejor es leer la noticia en el diario, me aproximé curioso.
Vi un grupo de muchachones propinando una paliza de aquéllas a un pobre hombre. Lo golpeaban sin compasión ni piedad como sólo golpean los hombres cuando están en mayoría. Golpeaban y gritaban: "Italiano de porquería", "hijo..." (de aquellas señoras) y cosas parecidas. El hombre ya sangraba y no sé llevado por qué razón, me aproximé más.
Y cuál no sería mi sorpresa cuando vi que el tal "italiano de porquería" no era otro que "Don" Shmil, mi triste vendedor de paraguas. Dueño de un coraje que no sé de dónde saqué, me metí entre aquellos brazos que golpeaban, llegué hasta el viejo y comencé a gritar y a llorar:
-¡No es italiano! ¡Es judío! ¡No es italiano! ¡Es judío!
Uno de los linchadores todavía tuvo la pachorra de explicarme:
-Da lo mismo pibe, son todos gringos... - y siguió dando golpes al viejo Shmil, que escondía las manos el rostro entre las manos y se dejaba golpear con una experiencia de siglos. Finalmente llegó un policía y dispersó a los patrióticos manifestantes. Medio avergonzado por el llanto, eché una mirada a "Don" Shmil. El viejo todavía encontró en sí piedad para tener pena de mí. Me pasó la mano por la cabeza y dijo apenas:
-¿Ves? No debí haber salido hoy de casa...
Punto, aparte.
Pasaron algunos años. Yo ya era casi un hombrecito. Corría 1950, vivíamos en un barrio mejor, en un alto edificio de departamentos. Ya estábamos en aquella era en que los niños nacen sabiendo cómo lidiar con los aparatos de televisión pero no saben cómo subirse a los árboles. El nuevo barrio no era muy pródigo en judíos pero, por coincidencia, ¿saben quién vino a vivir en el departamento vecino?
Shmil.
Ya no era más vendedor ambulante de paraguas, pues una hija suya, médica, se había casado muy bien, resolviendo tras al padre consigo al departamento nuevo. El viejo estaba muy viejo ahora. Ya no trabajaba más, apenas iba por la mañana a rezar a la sinagoga, quedándose el resto del día leyendo diarios o jugando con los nietos.
El hombre, creo, se había olvidado de mí y de aquellos incidentes, pues jamás los mencionó. En realidad, hablábamos poco. Apenas nos decíamos shalom los días comunes, gut iomtov en los días de fiesta o gut shabes los sábados (cuando yo me acordaba que era fiesta o sábado).
(...)
Cierto sábado, me levanté temprano, llegué a la ventana para respirar un poquito de aire puro y cuál no sería mi asombro al ver a "Don" Shmil mirando hacia mi ventana, como si me esperara en vez de ir a la sinagoga.
-¡Gut shabes! -le dije.
-¡Gut shabes! -me dijo.
-¿No va a la sinagoga?
El viejo sacudió la cabeza y en tono un definitivo, afirmó:
-Hoy no.
-¿Pero por qué, Reb Shmil?
Y él sonrió tan calmo y seguro que parecía haber salido de una conversación con Dios. Desapareció, pero enseguida reapareció en la ventana trayendo un diario.
Abrió la primera página y me mostró el titular: ESTALLÓ LA GUERRA EN COREA.
El viejo permaneció serio y dijo algo que sólo yo entendería.
-Hoy, yo no salgo de casa...
Punto final.
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