Rincón Literario
La intrusa al banquete
Laura Marrone
La puerta había quedado entreabierta y pude entrar sin que nadie notara mi presencia. Sólo el esclavo levantó sus ojos, doloridos y negros. Cruzados de ojeras oscuras, propias de los hombres del desierto, me miró desde lejos y bajó la vista para continuar con sus quehaceres, sin denunciarme ante los hombres.
Estaban todos sobre sus triclinios, acodados, las panzas redondas y las copas de bronce balanceándose en sus manos. Se habían prometido mesura para que Apolo reinara en sus discursos. Pero Dionisio les había jugado una nueva pasada, igual que la noche anterior y tantas otras y se había sentado al banquete. Y así tal vez embriagados por su embrujo, pronunciaban verdaderos ditirambos al amor. Con pasión desgranaban sus palabras sin que el diálogo hiciera su aparición. Esperé en vano las preguntas del maestro para que sacara de todos ellos la verdadera Forma. Pero se limitó a decir lo propio como uno más o quizás el más. Tal vez él mismo hubiera empezado a dudar que la suya fuera la única y verdadera. O tal vez había decidido que su huéspedes y amigos solo podían emitir opinión. Y prefirió emitir su discurso para que algún memorioso lo contara a otros que vendrían después y estuvieran en mejores condiciones de subir la escalera. Tal vez simplemente, Dionisio le impedía escuchar con atención.
Para mi suerte, Fedro había terminado de hablar. Estaba ya cansada de escucharle sus alabanzas al amor heroico del amante por el amado, esa horrible dicotomía que sólo su pederastía incurable no le dejaba ver que no era verdadero amor. Esos pobres jovencitos que se tenían que dejar usar sexualmente por unos cuantos viejos cultos sólo por el hecho de que de esta forma podían acceder a un mejor nivel social me hastiaba. Pobre infeliz creo que nunca conoció el amor. No se dio cuenta que la verdadera felicidad del amante está justamente en ser amado, de modo que amante y amado sean una unidad recíproca. Y no es que yo tuviera prejuicios respecto de las diferencias de edades entre los amantes. Estaba yo muy de acuerdo que pudiera haber amor entre el maestro y el alumno. El tema era que ambos se amaran, respetaran y cuidaran. Lo que yo no podía tolerar era la relación de uso mutuo, incluso tan egoísta y mezquino que dejaba de lado, hijos, padres y llegaba hasta la venganza y el asesinato por la posesión del otro. No, Fedro y yo no teníamos nada que hacer.
Pude ubicarme de rodillas entre Pausanias y Aristofanes. Mi túnica de lino blanca marcaba mi cuerpo aún deseable. Pero ellos no lo percibieron.
Debo confesar que Pausanias atrajo mi atención. Con su pelada brillante y su mirada inteligente parecía más seguro de sus palabras. Su introducción censurando a Fedro y abriendo el abanico del amor logró mi complicidad. Sin embargo no bien empezó a desarrollar sus ideas no podía contener mi enojo. ¿Así que dos amores? ¿El celeste y el popular? ¿El de los ricos, sabios y poderosos y el de la gente de baja estofa? ¿Qué sabía ese pedante engordado por los manjares que otros trabajaron con el sudor de su frente del amor de los pobres y esclavos? ¿Acaso no había visto el amor de las madres llorando al hijo que arrancaron de sus brazos para llevárselo a trabajar a las tierras lejanas del Ática? ¿O no sintió el dolor en las entrañas de aquella muchacha que vio partir a su enamorado arrastrado entre cadenas para ser vendido como esclavo? ¿No notó el sabor amargo de las lágrimas del viejo al que arrasaron sus campos los guerreros del Peloponeso?
¡Cuánto amor popular degollado para que un puñado de ciudadanos libres libara el néctar del Olimpo para fundar el pensamiento occidental y cristiano! ¿Hacía falta tanto dolor para que unos pocos desentrañaran las formas del Topos Uranus?¿Era necesaria la barbarie para la civilización? Hasta el mismo Marx, a cuyos pies rindo mi amor más puro, parece justificarlo.
Sin embargo, me queda la duda. Tal vez la culpa la tuvo Afrodita celeste, por no venir de hembra alguna. Sólo alguien que no conoció el amor de una mujer pudo creer que era amor aquello que no repara en el dolor y miseria que siembra a su alrededor.
Que al final Pausanias reconociera al ser masculino como el más fuerte y más inteligente, despreciando a la mitad del cielo, como dicen los chinos, ya ni siquiera llegaba a herir mi orgullo femenino.
Pobre infeliz que sólo pudiste reconocer tu humanidad en un puñado de iguales a vos. Por eso tu Estado no fue mi Estado. Ni tu virtud y tu gloria, la mía.
Nunca entendí que le produjo el hipo a Aristodemo. Pero fue bueno que Erixímaco tomara su lugar en el uso de la palabra. El sólo hecho que le explicara como calmar su hipo era un gesto amoroso. Había escuchado que era médico y siempre el lado práctico de la acción humana me había parecido un acto de amor más terrenal.
Desde el inicio cuando puso su mirada en el mundo de los seres vivos, englobando a la naturaleza, dulcificó mi rostro. Siempre pensé que los seres humanos hacíamos uso abusivo de la naturaleza y en particular de los otros seres vivos. Reflexionaba que la humanidad podía ir paulatinamente prescindiendo de la explotación criminal de los animales, empezando por los mamíferos superiores a los que encontraba cada vez más amorosos.
Con el tiempo especulé que la clasificación de Aristóteles tenía mucha de la culpa de nuestra actitud hacia ellos. Haber englobado en una misma clase "animales" desde los insectos más repugnantes hasta los delfines más inteligentes era como mínimo un abuso. Así una cuestión ontológica había tenido derivas deontológicas. Tal vez si Borges hubiera completado su vieja Enciclopedia china y reclasificado a las vacas y corderos más cerca de los hombres y mujeres que de los gusanos, habríamos sido menos crueles.
Entonces recordé una discusión con un amigo que había cuestionado mi convicción sobre la objetividad de las ciencias. Muy marcada yo por el pensamiento de Bunge y mi amigo más influenciado por Lipovesky, sostenía que la ciencia estaba cargada de ideología y que su producto, el conocimiento, no necesariamente era inocente... ¿Era acaso inocente y objetiva la creación del gas mostaza, napalm y zarín?
Sin respuesta, decidí nominar a Erixímaco padre de la ecología y del equilibrio entre los seres vivos y continué escuchando. La referencia a Heráclito, el del río donde no me baño dos veces, y la unidad de los contrarios colmó mi placer. Decididamente Erixímaco era ídolo.
Tomó la palabra Aristófanes con su mito del Andrógino. Mucho me habían prevenido contra el cómico porque al parecer sus sátiras atacaban al maestro. Sin embargo, no pude menos que congraciarme con su leyenda. Resultaba un tanto ingenua y bastante increíble pero hubiera deleitado al propio Freud. Tal vez el desciframiento del genoma humano dilucide si tenía razón y efectivamente provenimos de seres hermafroditos.
En todo caso me pareció que hacía justicia sobre tantas formas de parejas que a lo largo de la historia occidental y oriental sufrieron el oprobio y persecución de los modelos dominantes del amor. Sociedades que condenaron el amor entre los hombres o entre las mujeres, entre ricos y pobres, entre musulmanes y judíos, entre blancos e indios. En nombre del "bien" fueron y son cruzados del desamor.
Aristófanes presentó su idea del amor como una fuerza que busca completarse y volver a un estado inicial donde habríamos sido puros. Curiosa condena a la cultura que habría despertado la ira de los Dioses. Aristófanes igualó los amores de pareja, sean estos hijos del Sol, la Tierra o la Luna.
Soy hija de la Luna y busqué en la mirada de los convidados quien me reconociera como a una mitad digna de ser amada. Pero siguieron ignorándome.
Entonces habló el poeta. Agatón le cantó al amor ya no sólo de los seres humanos entre sí, sino al amor a la producción de cosas. Cerré los ojos y pensé en la felicidad de los pintores que dedicaban su vida a combinar formas y colores, en los músicos que se encerraban hasta sacar las melodías más hermosas, en los poetas que devanaban sus sesos, buscando la palabra perfecta. Y sentí la dicha del trabajo hecho por amor.
Al abrirlos, se posaron sin querer en el esclavo que me recibió a la entrada. Desde hacía largo tiempo estaba en el patio cardando la lana para los mullidos almohadones de la casa de Agatón. Me di cuenta que sus manos no trabajaban con amor. Nunca sus doloridos huesos reposarían en esos blandos cojines. Nunca sus labios probarían los manjares que había preparado. Nunca sus hijos irían al liceo a escuchar los discursos de Sócrates.
Felices aquellos que pueden amar lo que producen porque finalmente al entregarles sus fuerzas entregan también su alma, porque eligieron hacerlo y de algún modo son ellos mismos en la obra producida. Desdichados aquellos a los que otros hombres les impusieron la producción de cosas que no aman. ¿Por qué los Dioses del Olimpo habían desparramado tan desigualmente la oportunidad de amar?
Tocóle el turno a Sócrates. Tuve deseos de beber de su copa y desafiar mi entendimiento con el vino. Yo también lo deseaba. Pero nadie habría de convidarme.
Sócrates prefirió que Diotima, la sacerdotisa, ejerciera por su voz el arte de la mayéutica.
Cambió el lugar de las cosas y el amor no nació de la riqueza, sino de la pobreza, Penía. "Es la necesidad la que aguza el ingenio, la búsqueda, el deseo". "Pero la búsqueda no es de la mitad que nos falta para completarse uno mismo como ha dicho Aristófanes, sino el deseo de procrear en ella la continuidad de la especie, y del conocimiento.
Habíame yo entusiasmado con sus palabras, pensando que al fin había llegado la hora en que el maestro pusiera mi sexo en un pie de igualdad en ese ambiente de admiración varonil. Pero a poco de andar sus palabras, advertí con desilusión que el cuerpo de mi género sólo había sido visto por el filósofo como mero receptáculo de su deseo de volverse inmortal en la continuidad de su propia vida. ¡Oh crueles palabras que se hicieron bíblicas y nos condenaron por siglos a los gineceos de la historia!
Toda la turgencia de mis senos pareció desinflarse. No hubiera deseado que ninguno de ellos, malditos herejes de la vida, pudiera siquiera tocarme.
¿Acaso no tenía yo también capacidad de desenmarañar las sombras de mi propio cerebro y llegar a la sabiduría que tanto admiraban? ¿Por qué querían condenarnos a mero receptáculo del placer vulgar? ¿No éramos capaces también de belleza y bondad más allá de nuestros órganos reproductores?
Salí enardecida del salón, mientras Alcibíades entraba ebrio a reclamar su despechado amor a un tirano del saber que lo distribuía según sus apetitos personales.
Cuando atravesé el patio, dispuesta a cruzar la colina como una tempestad, tropecé con Ciro, el esclavo cuyo nombre hasta entonces nadie había pronunciado.
Entonces vi en sus ojos una luz de comprensión. Ciro me alcanzó un jarro de agua fresca y me invitó a beber entre las violetas del jardín, bajo el cielo celeste de Atenas, mientras continuó su tarea.
Miré la calle polvorienta por la que había venido, siguiendo los pasos de Aristodemo y dije mi soliloquio, parafraseando al uruguayo, no sin cierta melancolía:
"Los amantes son cómplices que en la calle, codo a codo, son mucho más que dos"... Y recordé a mis propios amantes, muertos y vivos a los que había respetado y cuidado, con los que había proyectado engendrar un mundo nuevo sin Ciros, ni mujeres-objeto. Sentí que de algún modo ellos sí, eran inmortales.
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