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Política

 

El desafío latinoamericano de Evo Morales

Modesto Emilio Guerrero


El triunfo de Evo Morales y el Movimiento al Socialismo en Bolivia apareció como un hecho irremediable. Washington y la derecha latinoamericana están bravos. Eso es un buen signo para comenzar. Con el 51% de los escrutinios en sus manos, sobre màs del 87% de los votos contados al día lunes, y una ventaja histórica del 10% sobre su rival màs cercano, la delantera más alta desde 1982, es un hecho tan imponente como el Potosí. Ni la gigantesca estafa de casi un millón de votos robados (“depurados”) pudo cambiarlo.

Bolivia, centro geográfico y gasífero entre la Comunidad Andina y el Mercosur, pasa a ser desde ahora, centro político de atención de todas las miradas. Entre otras cosas útiles, la “revolución bolivariana” estará menos sola o lo que es lo mismo, más acompañada. Un proceso similar se ha abierto en el país del altiplano.

Los gobernantes de EEUU conocen bien la dialèctica según la cual, pequeños factores nacionales pueden generar grandes efectos regionales. Lo aprendieron en Vietnam para la inmensa subregiòn del sudeste asiático en los años 60 y 70, y en Nicaragua, durante los años 80 para Centroamérica. Tres década de revoluciones y aprendizaje para los enemigos de los oprimidos.

Bolivia es mucho màs que Bolivia. El actual contexto latinoamericano la potencia como un elemento dinamizador del ciclo de resistencia anti imperialista desatado en la última década, el quinto desde hace un siglo. La “revoluciòn bolivariana” es hoy su principal pivote.

En el caso de Bolivia, no será menor el peso de su rica tradición insurreccionalista aparecida en los años 40. Poco importa que los egregios mineros de antes hayan trocado hoy en asalariados vulnerables de La Paz, El Alto o Santa Cruz. Así la temible COB (Confederación Obrera de Bolivia) no sea tan temible como en los años 50, 60 y 70, y deba compartir el escenario con los nuevos y poderosos movimientos sociales, como los de El Alto, o los indigenistas, organizados en ejemplares formas democráticas territoriales, y con el MAS (Movimiento al Socialismo) nuevo protagonista nacional de indiscutible impostura, adentro y afuera.

El peso de estos nuevos movimientos tuvo que registrarlo el nuevo presidente de bolivia, Evo Morales, en esta declaración: “los movimientos sociales han construido surco a surco la nueva voluntad que hoy impone el cambio en Bolivia”. Acto seguido tuvo que negociar con el movimiento cívico de El Alto para desmontar el plazo de 3 meses para que nacionalice el gas y llame a una Asamblea Constituyente. Lo logrò con los del Alto, pero no con la Central Obrera Bolivia, que mantiene la amenaza de salir a las calles si no cumple sus promesas.

Evo Morales y lo que surge en Bolivia en forma de gobierno y régimen político emergente, son lo más nuevo de un fenómeno de alcance continental. Muchos protagonistas del pasado han desaparecido para dar paso a estos movimientos nacionales, o nacionalistas, en América latina. En muchos casos hubo mediaciones entre la muerte del primer nacionalismo y la aparición de los mencionados acá, pero da una idea general del cambio ocurrido.

El nacionalismo “adeco” en Venezuela murió para ser sustituido por el nuevo nacionalismo bolivariano de Chávez”. AD quedó reducida a menos del 3% el 4 de diciembre. El varguismo (de Getulio Vargas) brasileño dio paso al petismo (el PT) de Lula; el ibañismo ecuatoriano desapareciò a favor de la CONAIE indigenista de y otros movimientos similares; el Frente Amplio sucedió al viejo nacionalismo uruguayo, el bathlista y el otro; en Perú el cadáver maloliente del aprismo podría ser reemplazado por el etnocacerismo de los hermanos Humala, la versión más derechista de todo lo aparecido en la última dècada. En México, el cardenismo y el PRI ya no son lo que fueron, aunque no ha encontrado un sustituto nacional estable, excepto el PRD de Cuauthemoc Cárdenas por un breve período y ahora el proyecto zapatista. El zapatismo fue el primer fenómeno aparecido en el actual ciclo de la centenaria resistencia al imperialismo capitalista.

En Bolivia, el poderoso nacionalismo del MNR (Movimiento Nacional Revolucionario) feneció y se consolidó el MAS junto con otros movimientos menores. El MNR no pasó del 7,1% catorce dìas después del hundimiento de AD en Venezuela.

Este fenòmeno viene ocurriendo en buena parte de Latinoamérica durante la última dècada, excepto en Argentina. Pero esa es otra historia.

Lo de Bolivia no es una revolución, entre otras cosas, porque votar es el menos revolucionario de los actos humanos. Pero la votación masiva por el MAS y Evo Morales puede conducir a un proceso revolucionario inesperado, no buscado. El propio Vicepresidente, Alvaro Garcìa, lo asume de alguna forma cuando postula su “capitalismo andino”, la vuelta màs novedosa para tratar de evitar que el proceso boliviano avance hasta una revolución anticapitalista.

El ejemplo màs reciente de lo inesperado fue Venezuela. Allí, un el triunfo electoral (el de Chávez en 1998) condujo en 2002, como efecto del enfrentamiento entre el imperialismo, la oligarquía local y las masas, al màs poderoso proceso de transformaciones que haya vivido el país desde 1958. Desde 2002, la “Revolución bolivariana” es un factor dinamizador del nuevo anti imperialismo latinoamericano.

Estos procesos representan la “revolución del voto”, con el perdón de la palabra revolución. Son votaciones masivas hacia opciones de izquierda, cabalgando sobre la desesperación y las luchas de los oprimidos en tiempos de globalizaciòn.

Tales desarrollos contradictorios no dependen de lo que haga o deje de hacer cada gobierno (solamente). La historia no funciona de manera tan simplona. Están determinados por las fuerzas desatadas adentro y afuera. Y en forma decisiva por lo que sea capaz de hacer el gobierno de los Estados Unidos, que no ahorrará recursos y experiencia para controlar, moderar, detener, maniatar, y si no, aplastar y borrar de la faz, gobiernos como los de Evo y Chávez. Con los otros es cuestión de negociación.

Regímenes de este tipo no son compatibles con la existencia estable del sistema regional de poder, mientras gobiernos como estos mantengan sus políticas nacionalistas y la actual relación orgánica con los movimientos sociales.
En Venezuela avanza de múltiples maneras y expresiones novedosas bajo la denominación de “Revolución Bolivariana”, en medio de una puja entre la tendencia a la democratizaciòn de esos movimientos y las tentaciones para controlarlos y convertirlos en apéndices del Estado, al estilo del viejo nacionalismo de medio siglo.

En Bolivia aún no tiene nombre popular como en Venezuela, pero sí tres consignas que le producen náuseas a Washington y entusiasmo a las masas pobres: “Nacionalizar el gas y los recursos naturales”, “Bolivia digna, soberana y productiva” y “Asamblea Constituyente para Refundar la Nación”.

Tres aspiraciones elementales que 50 o 100 años atrás sonarían a irreverencias de burgueses descarriados, hoy representan fantasmas revolucionarios. Para algunos gobernantes y empresarios muy nerviosos son fantasmas que huelen a los que aventaban Marx y Engles en 1948.

Es que el imperialismo aprendió lo que la izquierda descremada dejó atrás: que el resultado de la lucha sólo lo da la lucha: que el anti imperialismo y la democracia polìtica pueden conducir al socialismo en países como los nuestros, incluso cuando no sean consignas de programas descremados.

En Bolivia este dilema es màs abierto, incluso que en Venezuela. Por un lado, debido a la tradición revolucionaria de sus movimientos sociales, por otro, porque el nombre del partido que entra al gobierno, el MAS, invoca ese ad-venir, esa presencia latente del socialismo debajo de cada movimiento social.

En un país tan sometido a las transnacionales como Bolivia, la soberanìa y la asamblea constituyente para revolver el tablero nacional, abren perspectivas revolucionarias, por dos razones: las masas bolivianas las desean con la misma fuerza que el imperialismo las enfrentará.

 

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